La Facultad está triste...
Las fotos fueron pensadas y hechas junto con Javier Almeida. (Gracias por la paciencia y por ayudar a transportar la pizarra a través de media facultad).
(pincha en las imágenes para verlas en grande)
¿Puede un edificio sentir tristeza?
Muchas veces me viene esta pregunta a la mente, cuando por la mañana me saludan las formas familiares del ala Oeste de la facultad de Física. El saludo es callado, resignado, melancólico. Algo parece mirar tímidamente desde la oscuridad que reina tras las ventanas...ventanas hacia un mundo de eterna promesa, hacia un vacío lleno de suspiros. Me siento observado por entre las esquirlas de los cristales rotos, espiado por ojos sedientos que parecen anhelar esa sensación de empatía instantánea que estalla a veces en el momentáneo cruce de dos miradas. Y cuando mi mirada se cruza con la fachada del edificio, él me devuelve sensaciones de melancolía, impotencia, abandono. Los dos suspiramos.
Un día me permitieron entrar en el ala abandonada. En la puerta de acceso, un cartel prohíbe la entrada al edificio. El ruido de las obras dejó de retumbar por los pasillos hace mucho tiempo; ahora sólo se percibe un silencio culpable. Alguien ha escrito a mano “para siempre” en el cartel, al lado de “puerta permanentemente cerrada”.
Con cierta inquietud y excitación ante el encuentro con un mundo tantas veces imaginado, abro la puerta y entro en el edificio. Me recibe una oscuridad profunda, casi cegadora, que lentamente se va disipando en una claridad tenue en la que poco a poco se perfilan formas dispersas, como si estuviera despertando de un sueño. Es la planta baja. Las ventanas están tapiadas con paneles agujereados, perforados por rayos de luz que penetran con ansia conquistadora. La eterna lucha entre luz y oscuridad, conocimiento e ignorancia. El interior es diáfano; un bosque monótono de columnas en cuyo lecho sobreviven objetos diversos, fuente de intrigantes elucubraciones sobre su historia: hierros, plásticos, cables, bombillas, rejas metálicas, una nevera. La luz que se filtra oblicua por entre los agujeros de los paneles realza teatralmente las texturas rugosas del yeso de las paredes.
Las plantas superiores han sido plenamente conquistadas por la luz, que entra a raudales por las ventanas y se desparrama por entre los pilares y el espacio vacío. Hay agujeros en el suelo de hormigón. Es un mundo grisáceo, en el que el aire cobra especial protagonismo. No hay nadie más que yo en todo el ala del edificio para disfrutar de la claridad, ningún oído más que el mío para inventar murmullos y suspiros entre las columnas, nadie más para respirar el vacío y llenarlo con el crujido de las pisadas. La soledad me recibe aplastante pero amable, vieja amiga, y me susurra reflexiones de una melancolía reconfortante.
¿Dónde fueron a parar las ideas, pensamientos, diálogos, sueños y esperanzas que se hospedaron alguna vez entre estas paredes? ¿Qué ha sido de los retazos de vida que aquí se tejieron? Me siento apartado del tiempo, en suspenso, en un mundo estático, sin pasado ni futuro. Nada ocurre; apenas percibo el paso de los segundos salvo por el fluir de las impresiones.
Me coloco en un extremo de la estancia; una doble fila de columnas conduce a una abertura resplandeciente de luz, como una metáfora de esperanza. En el piso más alto me encuentro con pasillos estrechos flanqueados por filas de ventanas pequeñas, abiertas hacia dentro, a través de las que se filtra la luz de la mañana trazando figuras geométricas en el suelo. Me imagino a las manchas de luz moviéndose a lo largo del día, como un reloj de Sol marcando un tiempo ignorado por el mundo.
El sótano ofrece una imagen desoladora. El suelo está tapizado de cascotes, como si fuera el escenario de una guerra. En el silencio se libra una batalla en la que día a día la ciencia pierde un poco de terreno. No hay nadie para sentarse ante una pizarra e indagar en el significado de sus símbolos. El silencio es el único profesor, los fantasmas sus únicos alumnos. Nadie para escribir una fórmula; nadie para discutirla. Nadie para intentar entender el mundo a través de ecuaciones, nadie para preguntarse por el misterio de que el mundo parezca ajustarse a una lógica creada por el hombre. El aire está lleno de porqués que flotan sin rumbo.
¿Qué podemos esperar del vacío?