Fragmentos de India
Poco a poco salgo de mi sueño, arrullado por los alegres cánticos de los niños en la escuela. Las palabras desconocidas flotan en el aire trayéndome mensajes de esperanza e inocencia. El ventilador del techo agita el aire pesado, caliente, pegajoso, y hace ondear la mosquitera de la cama. Las sábanas se pegan a mis ropas; mi frente está perlada de sudor. Estoy en Ankleshwar, India, en la misión llevada por mi tío jesuita. Salgo de la habitación y bajo a la explanada que hay ante el edificio de la escuela. La cálida lluvia del monzón ha cesado; el cielo cubierto difunde una luz grisácea. Los niños salen de clase en una dulce algarabía. Sus pies, la mayoría descalzos, golpetean la tierra húmeda. Es un mar de risas, de pieles oscuras que resaltan el blanco de los ojos grandes, que se paran en mí con curiosidad e intriga. Me empiezan a reconocer, muchos me saludan con las pocas palabras que conocen en inglés y ríen con mi respuesta, más aún cuando les saludo con las pocas palabras que manejo en Gujarati. Mi tío me espera junto al jeep; vamos a hacer la visita de la tarde a una de las aldeas de los alrededores, y varios niños oriundos de ella esperan ansiosos junto al coche para acompañarnos y poder reunirse con sus familiares.
Salimos de la misión y nos incorporamos durante un corto tiempo a la carretera principal, fundiéndonos con la amalgama de vehículos, personas y animales que avanza por ella, con la corriente caótica que pese a todo mantiene un cierto orden invisible, incomprensible, casi mágico. Movimiento, ruido, agitación, río de colores, sonidos e imágenes cambiantes que dejan impresiones fugaces y se suceden vertiginosamente. Los motorickshaws, motos y coches se van adelantando unos a otros en medio de un concierto de bocinas, ante la mirada vidriosa e impasible de los bueyes, vacas, burros o cabras que en ocasiones dormitan tranquilamente en medio de la calzada, generando perturbaciones en el flujo del tráfico que se propagan como ondas de desorden. Hay gente por todas partes: andando entre los puestos de venta al pie de los edificios desgastados, con la pintura descolorida y salpicados de carteles pintados a mano; postrada al borde de la calzada en posiciones inverosímiles o simplemente mirando; hacinándose peligrosamente en las motocicletas, rickshaws, camiones. En India es como si no hubiera espacio para tantos habitantes...es casi imposible fijar una imagen con la mirada en donde no aparezca ninguna persona. La dignidad del individuo se diluye en la marea humana de las calles, en el anonimato de las montañas de brazos, piernas y rostros morenos entremezclados.
Abandonamos la ciudad y la carretera principal y pasamos a un camino de barro. El concierto cáotico urbano da paso a un silencio roto por el ronroneo del motor y los susurros de los niños en la parte de atrás del jeep. El Sol escondido consigue desgarrar el cielo encapotado y atravesarlo con afilados haces de luz blanquecina que tapizan el paisaje con parches de claridad. A ambos lados del camino se extienden llanuras de un verde exuberante, casi sobrenatural, cubiertas de cultivos. Las nubes se reflejan en los campos de arroz anegados, y de vez en cuando algunos grupos de árboles rompen la monotonía. Unas pocas palmeras aisladas se recortan estilizadas y elegantes contra el cielo. Todavía quedan personas trabajando en los campos, parecen ser en su mayoría mujeres, y en el camino nos cruzamos con algunos caminantes que miran intrigados.
Llegamos a la aldea de Umarwanda y aparcamos el coche en una despejada calle de barro, moldeado por un sinfín de huellas. Los niños que venían con nosotros salen velozmente; algunos van raudos a sus casas y otros se quedan mirando. La calle está bordeada por cabañas de una sencillez sobrecogedora, chozas, alguna vivienda de ladrillo, unos pocos árboles. Entre los charcos de agua parda y los parches de hierbajos se acercan niños curiosos. Gotean paulatinamente, se asoman por las aberturas de las cabañas de caña apilada en equilibro precario sobre ramas entrecruzadas y torcidas; salen bajo los techos desvencijados y abombados hechos de ramaje o tejas; aparecen entre los muros de barro, excremento y trozos de tela de saco. Una vaca y una ternera huesudas miran ausentes a los recién llegados, la primera blanca, recostada en el barro frente a un cobertizo y la segunda, de pelaje manchado, asomándose indecisa desde el interior oscuro. Los muchachos miran también con los ojos bien abiertos y con sonrisas tímidas. Se acercan con sus pies desnudos hundiéndose en el barro y con sus ropas pobres pero coloridas. No puedo olvidar esos ojos de carbón esperanzados y esas grandes sonrisas de dientes blancos, con los huecos característicos en los niños; aún puedo ver esas miradas alegres en medio de tanta pobreza. Ante mis sentidos se despliega una realidad dolorosa de la que solo había tenido impresiones vagas e indirectas. Mi corazón está empezando a resquebrajarse, y por las grietas fluye un torrente de emociones hacia mi mente.
Mi tío es conocido por todos pero yo soy una agradable novedad, y les sorprende mi altura y mi piel clara. Intercambiamos saludos animados; saco la cámara y todos quieren ser fotografiados. Oleadas de entusiasmo, excitación y risas surgen cuando les enseño las fotos en la pantalla; todos se agolpan en torno de mí y se apretujan para verse retratados. Se señalan unos a otros; los pequeños y bajitos piden paso a los más mayores para poder acercarse, en momentos de dulce confusión en los que me veo arrastrado a la deriva por una marea de chiquillos que casi me hacen perder el equilibrio.
Cerca de donde estamos hay una casita destinada a parvulario, en cuya plataforma de entrada una maestra reparte semillas comestibles a los pequeños. Éstos están sentados en el suelo y me sorprende la profundidad y melancolía con que me miran algunos; sus ojos reflejan los anhelos de un adulto, en un mundo que no les deja ser niños. Me presentan a unos padres que han conseguido adoptar a un pequeño gracias a la ayuda de mi tío. No pueden tener hijos y en sus ojos llenos de ternura se ve que su nuevo niño llena un vacío en sus vidas. El chico tiene el pelo corto, liso, y unos enormes ojos negros perfilados con khol. Su seriedad y timidez y el resalte oscuro de su mirada perdida parecen revelar un alma infantil que ya conoce la tristeza, quizá por haber venido al mundo sin un manto de cariño. Tras las pupilas se esconde un pozo de sentimientos al que me da miedo asomarme; su forma de mirar me parece una dolida pregunta sobre el lado trágico de la vida, y al cruzarse nuestros ojos en un intercambio frustrado de incógnitas sin respuesta pienso en esa soledad existencial a la que estamos condenados, que a veces se diluye en la corriente de relaciones humanas pero que se vuelve abismalmente profunda cuando intentamos indagar en ella.
Tengo grabada en mi mente imágenes de los niños agrupados ante mi cámara. El pequeño de los ojos tristes en medio, sosteniendo entre las manos un triciclo y con su mirada dirigiéndose a mí pero perdida en su mundo interior; el resto de los niños rodeándole con ojos más inquietos y desplegando risas y sonrisas, agitándose alegres, con sus harapos o con los torsos desnudos, con los pies en el barro y el corazón en la inocencia.
Tras esta toma de contacto empezamos a visitar casas en la aldea. Viviendas con apenas un par de habitaciones para familias enteras. Los afortunados tienen paredes de cal y tejas en el techo, suelos desnudos y algunas imágenes en los muros, con motivos cristianos e hindúes, a veces entremezclados. Las ventanas no tienen cristales, los colchones son prácticamente inexistentes, hay unas pocas sillas de plástico. Un ventilador mueve el aire con parsimonia. Los más pobres viven en chozas de madera, caña y pasta de barro y excremento. El barro lleva las marcas de como fue extendido y el techo está inervado por ramas y troncos. No hay puertas interiores pero la cocina suele estar separada por un tabique tras el que se asoma el brillo metálico de los utensilios en los estantes. Los anfitriones nos suelen recibir extendiendo las manos juntas; el matrimonio suele sentarse con nosotros, mientras las hijas miran tímidamente medio ocultas tras el muro de la cocina y reparten bebidas o aperitivos. Yo sólo doy pequeños sorbos al agua, temeroso de que me siente mal, al tiempo que mi tío habla con la familia en Gujarati. La gente le aprecia por ello y por su capacidad de escuchar; para ellos es en cierto modo su “guru” o guía espiritual. Me traduce de vez en cuando, desvelándome las pequeñas glorias y miserias de las familias. Sueldos miserables en las fábricas textiles o en los verdes campos de cultivo. Familias rotas por el alcohol, en donde la mujer sola tiene que mantener a todos. Gente que apenas gana para comer. Rencores raciales y religiosos en una sociedad compleja en la que aún está vigente el sistema de castas. Egoísmo y bajas pasiones llevadas al extremo, como si la miseria se engendrase y realimentase a sí misma en un círculo vicioso. Pero también destellos de amor, esperanza, ilusión y agradecimiento sincero. Hay una fuerte sensación de comunidad; la gente entra y sale espontáneamente de las casas de los demás y las habitaciones se llenan de niños de ojos muy abiertos. Me hace pensar que nuestro mundo moderno y civilizado, pese a sus ventajas, puede convertir a las personas en islas de soledad. Millares de hombres y mujeres que se entrecruzan en las grandes ciudades pero que apenas comparten siquiera una mirada, miríadas de líneas espacio-temporales que se entrelazan fugazmente para acabar divergiendo en caminos caóticos.
Transitamos de casa en casa, hundiendo los zapatos en el barro y quitándonoslos ante la puerta de cada vivienda, entrando agachados para no golpear con las maderas del tejado, pasando ante las cocinas en donde las mujeres preparan al fuego los chapati, bordeando lodazales en donde se rebozan bueyes negruzcos encadenados a postes de madera. En una casa nos reciben mientras realizan un ritual de ofrenda a una divinidad hindú; su interior está oscuro, y un par de mujeres y varios niños están sentados en el suelo frente a una estatua tosca de una diosa montada en camello, ante la que hay una fila de copas con ofrendas. Un hombre maneja un radiocassete destartalado conectado a un altavoz, y cuando entramos la música y cesa y todos se quedan mirándonos, parados, esperando una reacción de contrariedad por parte de mi tío, quien les dice que continúen. Uno de los hijos de la familia está internado en la misión católica y se siente visiblemente incómodo, como si percibiera un conflicto entre la presencia del sacerdote y el rito hindú. Mientras el resto da palmas él permanece silencioso, mirándonos, pero acaba uniéndose poco a poco a los demás, empezando con tímidas palmadas e incrementando gradualmente el ritmo a la vez que la alegría vuelve a su cara. Me pregunto por el remolino de ideas que las enseñanzas religiosas contrapuestas deben de causar en la mente de este pobre niño...aunque en el fondo estará tan confuso como se encuentra, aun sin saberlo, cualquier adulto.
Salimos de la casa dejando atrás a la música repetitiva del radiocassete y a una de las mujeres balanceando frente a la figura de la diosa una lamparita con llamitas oscilantes que danzan como fuegos fatuos en la sombra. Fuera la luz del día va poco a poco tocando a su fin, y el aire vibra con las llamadas melancólicas y llenas de nostalgia del almuecín de la aldea. Me llena el asombro ante esta vivencia tan directa de la mezcla de religiones.
Pasamos ante charcas cubiertas de mosquitos en cuyos bordes pastan cabras aisladas, y visitamos más casas de techos bajos que se llenan de niños y de risas. Algunos globos de colores empujados por los pequeños flotan en el aire, y al pasar por delante de las bombillas encendidas se inflaman de luz como pequeños orbes de esperanza. Llegada la hora de la misa los cristianos se dirigen a una habitación amplia en una casa que hará de iglesia, en la que nos sentamos en el suelo, cubierto con algunas alfombras de caña. Mi tío predica calmado en Gujarati, y es respondido con cantos llenos de añoranza acompañados por sencillas notas de órgano, tintineo de crótalos y golpes de percusión, que reverberan en las paredes desnudas, mientras de fondo murmullan los ventiladores, el aire vibra de calor y la débil luz amarillenta de las bombillas baña la escena, a la que se asoman grupos de curiosos hindúes desde la puerta y ventanas. Para mí resulta emocionante la autenticidad de la celebración, si bien a mi corazón, hace tiempo anegado por las dudas, le cuesta identificarse de lleno con ella. Tanta sencillez me hace pensar en los primeros cristianos y también reabre mis propios debates internos, que me suelen llevan a esa sensación de abrumadora soledad existencial que mencioné antes. ¿Qué les podrá decir mi tío a estas gentes para consolarlas u orientarlas en sus vidas tan llenas de pobreza? Les habla, según me cuenta después, de los sufrimientos de la vida pero también de amor y esperanza. Y esto reaviva mis pensamientos acerca de que, en esta existencia tan llena de preguntas sin respuesta que nos acechan en el desierto de nuestro interior, quizá el sentido esté escondido en las personas que nos rodean.
Tras la misa compartimos la cena con una de las familias. Comemos sobre el suelo, sentados dispersos en la sala que ha quedado vacía tras la celebración religiosa, amasando y mezclando con nuestras manos el arroz, el chapati y las salsas que nos colocan en escudillas metálicas ante nosotros. Los anfitriones miran o conversan y no comerán hasta nuestra marcha; no dejan de ofrecer más picantes y deliciosos alimentos, pero siempre queda la duda de hasta qué punto ellos cenarán sólo lo que nosotros dejemos.
Después del lavado de manos sigue una corta y tranquila conversación, con intercambio de agradecimientos, y nos despedimos y salimos al exterior. Los cantos y pensamientos que se perdieron ascendiendo en la oscuridad de la noche han encendido estrellas en los claros del cielo. Avanzamos en la oscuridad a través del barro, ayudados por una linterna cuya luz moldea formas espectrales a nuestro alrededor. Una nube de mosquitos se agolpa en torno a la luz, revoloteando confusa y sin rumbo en torno a ella, como en una alegoría sobre búsquedas sin final. Las ranas cantan a la noche en las ciénagas sobrevoladas por fantasmas de superstición, de miseria y de gloria humanas. En el coche el niño que se sienta a mi lado, tras luchar contra el sueño, deja caer vencido su cabeza sobre mi hombro. Ojalá pudiera ver todo con los ojos inocentes de un niño, y entregarme al sueño de un mundo mejor. Pero ahora no puedo cerrar los ojos.
Fragmentos de India. Esquirlas en el corazón. Perlas en la memoria. Huellas en el alma.